Guy Debord: Sobre el concepto de desinformación
- Revista Acontecimientos
- 7 feb 2021
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Extracto del libro Comentarios sobre la sociedad del espectáculo
Por: Guy Debord

El concepto, aún nuevo, de desinformación ha sido recientemente importado de Rusia junto a muchas otras investigaciones útiles para la gestión de los estados modernos. Es muy utilizado por un poder —o corolariamente por personas que ostentan un fragmento de autoridad económica o política para mantener lo establecido: y atribuyendo siempre a esa utilización una función contraofensiva. Lo que puede oponerse a una única verdad oficial debe ser necesariamente una desinformación emanada de potencias hostiles o al menos rivales, intencionadamente falseada por la malevolencia. La desinformación no es la simple negación de un hecho que conviene a las autoridades, o a la simple afirmación de un hecho que no les conviene: a eso se le llama psicosis. Contrariamente a la pura mentira, la desinformación —y he aquí por qué el concepto resulta interesante parea los defensores de la sociedad dominante— fatalmente debe contener una cierta dosis de verdad, pero deliberadamente manipulada por un hábil enemigo. El poder que habla de desinformación no se cree él mismo libre de defectos, pero sabe que podrá atribuir a cualquier crítica esa excesiva insignificancia que está en la naturaleza de la desinformación; y de esa manera jamás tendrá que reconocer un defecto propio.
La desinformación sería, en definitiva, el mal uso de la verdad, quien lanza es culpable y quien le cree, imbécil. Pero, ¿quién será pues el hábil enemigo? En este caso no puede ser el terrorismo, que no corre el riesgo de “desinformar” a nadie, puesto que está encargado de representar ontológicamete el error más burdo y menos admisible. Gracias a su etimología y a los recuerdos contemporáneos de los enfrentamientos que, hacia mediados de siglo, opusieron brevemente el Este al Oeste, espectacular concentrado y espectacular difuso, aún hoy el capitalismo de lo espectacular integrado finge creer que el capitalismo de burocracia totalitaria —a veces presentado incluso como la bese oculta o la inspiración de los terroristas— sigue siendo su enemigo esencial, al igual que el otro dirá lo mismo del primero a pesar de las innumerables pruebas de su alianza y profunda solidaridad. De hecho, todos los poderes establecidos, a despecho de rivalidades locales, y sin querer reconocerlo jamás, piensan continuamente lo que supo recordar un día —desde la subversión y sin demasiado éxito entonces— uno de los raros internacionalistas alemanas, después de comenzada la guerra de 1914: “El principal enemigo está en nuestro país”. Finalmente, la desinformación es el equivalente de lo que, en el discurso de la guerra social del siglo XIX, representaban “las malas pasiones”. Es todo lo que es oscuro y se arriesga a querer oponerse al extraordinario bienestar con que esta sociedad, como es sabido, beneficia a aquellos que le otorgan su confianza; bienestar que no podría pagarse con todos los riesgos o insignificantes sinsabores. Y todos los que ven ese bienestar en el espectáculo, admiten que no hay que escatimar su coste; mientras, los otros desinforman.
Otra ventaja que se encuentra en el hecho de enunciar, explicándola así, una desinformación particular es que, en consecuencia, el discurso global del espectáculo no resultará sospechoso de contenerla, puesto que puede designar, con la más científica seguridad, el terreno en el que se halla la única desinformación: es todo lo que puede decirse y no le gusta.

Pero sobre todo, el concepto de desinformación no debe ser empleado defensivamente y, mucho menos en una línea defensiva estática, fabricando una Muralla China, una Línea Maginot que cubriera por completo un espacio considerado prohibido a la desinformación. Es preciso que haya desinformación y que sea fluida, capaz de llegar a todas partes. Allí donde el discurso espectacular no es atacado sería estúpido defenderlo contra la evidencia, sobre puntos que, por el contrario, deben evitar llamar la atención. Además, las autoridades no tienen ninguna necesidad real de garantizar que una información no contiene desinformación. Por otra parte, carecen de los medios para hacerlo: no son tan respetadas y no harían más que atraer la sospecha sobre la información en cuestión. El concepto de desinformación no es bueno más que en el contraataque. Hay que mantenerlo en segunda línea y lanzarlo instantáneamente hacia adelante para repeler cualquier verdad que pudiera surgir.
Si alguna vez existe el riesgo de que aparezca una especia de desinformación desordenada al servicio de algunos intereses particulares pasajeramente en conflicto, y de que se la crea, llegando a ser incontrolable y oponiéndose por ella a la labor de conjunto de una desinformación menos irresponsable, no es que no haya que temer que en esa desinformación se hallen comprometidos otros manipuladores expertos o sutiles: se trata simplemente de que, actualmente, la desinformación se despliega en un mundo en el que no hay lugar para ninguna comprobación.
El concepto confusionista de desinformación se erige en vedette para rechazar instantáneamente, por el solo sonido de su nombre, toda crítica que no hubieran hecho desaparecer las diversas agencias de la organización del silencio. Por ejemplo, si así fuera deseable, un día podría decirse que lo que he escrito es una empresa de desinformación sobre el espectáculo; o bien, lo que sería lo mismo, de desinformación en detrimento de la democracia.
Contrariamente a lo que afirma su concepto espectacular invertido, la práctica de la desinformación sólo puede servir al Estado aquí y ahora, bajo su mando directo; o a la iniciativa de aquellos que defienden los mismos valores. De hecho la desinformación reside en toda la información existente, y como su característica principal. Sólo se la nombra allí donde, por medio de la intimidad, hay que mantener la pasividad. Allí donde la desinformación es nombrada, no existe. Allí donde existe no se la nombra.

Cuando aún había ideologías que se enfrentaban, que se proclamaban a favor o en contra de tal aspecto de la realidad, había fanáticos y embusteros, pero no “desinformadores”. Cuando por respeto al consenso espectacular, no está permitido decir realmente aquello a lo que uno se opone o lo que se aprueba con todas sus consecuencias; cuando se topa a menudo con la obligación de disimular un aspecto que, por alguna razón, se considera peligroso dentro de lo que se supone debe admitirse, entonces se practica la desinformación; por atolondramiento, por olvido o por pretendido falso razonamiento. Y por ejemplo, en el terreno de la contestación después de 1968, los recuperadores incapaces a los que se llamó “pro-situs” fueron los primeros desinformadores, porque disimulaban tanto como les era posible las manifestaciones prácticas a través de las cuales se había afirmado la crítica que ellos se jactaban de adoptar; y, molestos si tenía que suavizar la expresión, no citaban jamás nada no a nadie, para mantener la apariencia de que habían encontrado algo.
Invirtiendo una famosa cita de Hegel yo escribía ya en 1967 que “en el mundo realmente trastocado, lo verdadero es un momento falso”. Los años transcurridos desde entonces han demostrado los progresos de ese principio en cada terreno particular sin excepción.
Así, en una época en que puede existir arte contemporáneo se hace difícil juzgar las artes clásicas. Aquí, como en todas partes, la ignorancia sólo se produce para ser explotada. Al mismo tiempo que se pierden simultáneamente el sentido de la historia y el gusto, se organizan redes de falsificación. Basta con tener a los expertos y a los tasadores, lo que es bastante fácil, y colocarlo todo, porque, tanto en los asuntos de esta naturaleza como en definitiva en todos los demás, la venta es la que autentifica cualquier valor. Después de los coleccionistas o los museos, sobre todo americanos, quienes, atiborrados de falso, tendrán interés en mantener la buena reputación, al igual que el Fondo Monetario Internacional mantiene la ficción del valor positivo de las inmensas deudas de cien naciones.
Lo falso forma el gusto, y sostiene lo falso, haciendo desaparecer, a sabiendas, la posibilidad de referencia a lo auténtico. En cuanto es posible se rehace incluso lo verdadero para que se parezca a lo falso. Los americanos, aun siendo los más ricos y los más modernos, han sido las principales víctimas de este comercio de lo falso en arte. Y son precisamente ellos quienes financian los trabajos de restauración de Vesailles o de la Capilla Sixtina. Por eso los frescos de Miguel Ángel adquirirán los vivos colores de una historieta, y los auténticos muebles de Versailles, ese brillo del dorado que los hará muy parecidos al falso mobiliario de época Luis XIV costosamente importado a Texas.
El juicio de Feuerbach sobre el hecho de que su tiempo prefería “la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad”, ha sido enteramente confirmado por la época del espectáculo, y ello en algunos terrenos en los que el siglo XIX quiso mantenerse al margen de los que constituía ya su verdadera naturaleza: la producción industrial capitalista. Así es como la burguesía propagó el riguroso espíritu del museo, del objeto original, de la crítica histórica exacta, del documento auténtico. Pero hoy en todas partes lo artificial tiende a reemplazar a lo verdadero. En este momento la polución originada por el tráfico obliga a sustituir los caballos de Marly o las estatuas romanas del pórtico de Saint-Trophime por réplicas en plástico. En definitiva, todo sería más bonito que antes, para ser fotografiado por los turistas.
El punto culminante lo ha alcanzado el risible falso burócrata chino de las grandes estatuas del enorme ejército industrial del Primer Emperador, que tantos hombres de Estado de viaje en China han sido invitados a admirar in situ. El que haya sido posible burlarse de ellos tan cruelmente demuestra que nadie de entre toda su masa de consejeros disponía de un solo individuo que conociera la historia del arte, en China o fuera de ella. Ya se sabe que su formación ha sido otra: “El ordenador de Su Excelencia no ha sido informado”. Esta prueba de que por primera vez se puede gobernar sin tener ningún conocimiento artístico ni ningún sentido de lo auténtico o de lo imposible, podría bastar para conjeturar que todos esos pánfilos ingenuos de la economía y la administración, probablemente acabarán llevando el mundo a alguna gran catástrofe; si su práctica efectiva no la hubiera demostrado ya.
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